![]() |
En torno a mairenismo Autor: Francisco José García Marín. |
El mairenismo, defensores
y críticos en una constante relación paradigmática, ha
basado históricamente su razón de ser en una sacralización
de lo jondo, una teología cuya definición, de forma escueta, se
reduce a una distinción entre el ser y no ser gitano. El cante flamenco,
que Antonio Mairena atribuía a los gentiles -permítaseme el término-,
fue entendido como una frivolización de aquella otra manifestación
musical, inmaculada, a la que los gitanos recurrían en la intimidad de
sus casas marginadas para aliviar una situación social penosa, siempre
temerosos de hacer públicas sus costumbres perseguidas. El exterior,
profano e impuro, y el interior, sagrado, protector. Sobre los orígenes
del flamenco, incluido el propio término y su significación, se
sabe bastante poco, entre otras cosas porque buena parte de lo escrito atiende
a una construcción poética asentada en los márgenes del
Romanticismo decimonónico del que todavía perduran, más
que huellas conceptuales, que también las hay, actitudes o intenciones
que recuerdan el momento en el que España y, en concreto, lo andaluz
fueron relatados por una serie de viajeros románticos entre las fantasías
de un mundo virgen, casi salvaje, y paradisíaco. Influencia romántica
es la idea esencial del genio, incomprendido, marginal y a la vez grandioso
que caprichosamente encarnaba al artista desde su nacimiento.
El propio concepto de folclore, muy denostado en la actualidad, se encuentra
próximo al término germano volksgeist o espíritu del pueblo,
surgido de la nada para encarnar la definición de una nación.
Toda esta mitología fue con facilidad adherida al mundo desconocido,
en su vertiente histórica, del flamenco, cuya constitución como
tal quedó construida a lo largo del siglo XIX. Así, el cantaor
aparece como una figura que tiene duende y que sólo cuando éste,
misteriosamente, aparece se dice que el cante es auténtico. El pueblo
gitano habría encarnado la totalidad del espíritu flamenco, siendo
depositario, para el mairenismo, de lo jondo, mientras que los gentiles o no
gitanos quedarían reducidos a un papel secundario, imitadores superficiales
y contaminantes de un dios musical puro. Este hecho tiene su primer referente
histórico en el propio siglo XIX, cuando el flamenco comienza a ser solicitado
por un público más amplio y rompe los supuestos márgenes
de la intimidad gitana en beneficio de los llamados cafés cantantes.
La nueva expresión mayoritaria y popular de esta música originó
un nuevo lenguaje, más próximo al público que pagaba por
escuchar que al talante originario y complejo del pasado.
El mercado, tan contrario al concepto romántico de ars gratia artis,
estaba actuando como un poderoso acicate para convertir lo jondo en un bajo
relieve. El camino público del flamenco estaba en sus inicios y continuó
posteriormente con la ópera flamenca. Los festivales, ya en el siglo
XX, comenzaron a reivindicar un lugar perdido en el pasado para esta manifestación
musical e iniciaron un proceso de reconquista que aún perdura. Al igual
que ocurriera con la otra gran expresión de la música oral, el
jazz, la historia del flamenco es una constante de equilibrio entre pureza y
simpleza, donde personajes como Antonio Mairena, al igual que hicieran músicos
como Charlie Parker o, en la acutalidad, Winton Marsalis en el ámbito
jazzístico, han reivindicado para su música una significación
perdida, destilada con el paso del tiempo y convertida ocasionalmente en algo
muy distinto. Es el resurgimiento del genio romántico, puro, vencido
por el mercado, la recreación constante, en definitiva, de un mito clásico,
el del ave fénix que resurgía una y otra vez de sus cenizas.