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EL
MIGUELETE
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Manuel Gavira Mateos |
Recuerdo que hace años
leí un anuario de nuestro pueblo de principios del siglo XX. En él
se contabilizaban más de ochenta huertas alrededor de su entonces pequeño
núcleo poblacional. Referencia que me hizo evocar la Mairena añorada
de mi infancia encajada en todo un gran vergel, en el que tortuosos y estrechos
senderos lo troceaban en pequeñas porciones. Con el tiempo, aquellas
huertas fueron desapareciendo en aras de un crecimiento desatinado e irracional
a veces, pero, seguramente, imprescindible en un pueblo a las puertas de Sevilla
y en plena ebullición urbanística.
Hace unos meses, en una de mis habituales sesiones en la Hemeroteca sevillana,
me topé con un artículo muy bello ambientado en los Alcores, que
en su última parte describía una jornada campestre en una huerta
idílica de nuestro pueblo. La que, por cierto, no he podido localizar
exactamente ni en antiguos mapas topográficos, ni en fluidas conversaciones
con viejos hortelanos. Tal vez sustituyeron su nombre primitivo en algún
cambio de dueños, y ya no ha llegado a nosotros con su denominación
original. Pues bien, el artículo aludido se publicó en la prensa
sevillana allá por el año 1878, y tal como vio la luz os lo quiero
transcribir, sin más valoración o análisis personal que
lo pueda tergiversar. Sólo espero que éste sea motivo de goce
a todos sus lectores, como lo fue para mí al descubrirlo.
"EL MIGUELETE"
Cuando se vive la vida de
las grandes capitales; cuando se está acostumbrado a su atmósfera
generalmente pesada e impura, que no solo debilita las fuerzas físicas,
sino que también agota las de la inteligencia; cuando en el trato social
de las grandes poblaciones a descubrir la miseria disfrazándose con los
harapos de la opulencia, el engaño y la falsía, ya que no del
vicio y el crimen, experiméntase un bienestar indecible si las circunstancias
nos brindan coyuntura para pasar, aunque no sea más que un solo día,
apartados del movimiento caliginoso de los grandes centros respirando el puro
ambiente de los campos, que regenera nuestro ser, fortifica nuestro organismo
y alimenta nuestra inteligencia, con las múltiples revelaciones de la
naturaleza, cuyos fenómenos ofrecen, al par que grato recreo, motivo
bastante de detenido estudio y de abstracta contemplación.
Compréndase, pues, con cuánta satisfacción concurriríamos
a las seis de la mañana del domingo a la estación del ferrocarril
de Cádiz, para hacer una visita de recreo a la hacienda y huerta de la
Santísima Trinidad en el término de Mairena, donde se contempla
el naranjo más colosal que existe en estos contornos y quizás
en toda España.
En la estación encontramos reunidos a los representantes de los periódicos
El Español y El Porvenir, al jefe de ingenieros de montes del distrito,
señor Bravo, al señor Molino, ingeniero industrial, en representación
de la Junta de la agricultura de la provincia; a los señores Ledesma
y Pastor, individuos del ayuntamiento y dueños de fincas colindantes,
y a otros varios señores que del propio modo que nosotros habían
sido invitados por don José Rodríguez de Trujillo y Malpica, dueño
de la citada huerta, para concurrir a admirar el naranjo que ha sido y sigue
siendo asombro de propios y extraños.
A las seis y media de la mañana próximamente, sonó el silbato
de la locomotora, arrancando el tren de la estación y precipitándose
en veloz carrera por campos cubiertos de verdura, que manifestaban con su esplendor
la presencia de la lozana primavera. Antes de llegar a Alcalá, disfrutase
de un panorama por demás poético.
El río Guadaira deslizándose por su lecho bordado de flores, en
el fondo de un valle salpicado a pequeñas distancias de casitas blancas,
que se destacan graciosamente sobre el verde de los campos; en la altura, dominando
por completo la estación y cual atalaya aguerrida que a pesar de sus
años todavía no quiere ceder su papel de avisado vigilante, dibujase
los almenados torreones del castillo, retratando en el azul del cielo los restos
de otras épocas y otras costumbres que ya pasaron, quedando tan solo
de ellas su recuerdo. ¡Mágico poder de la ciencia! Esta ruda fortaleza,
espanto y terror un día de las huestes agarenas como antes lo fue de
los soldados de la cruz, ve perforadas sus entrañas para dar paso a la
civilización, que no otra cosa es la locomotora atravesando aquel túnel
subterráneo oscuro y medroso, por donde circula la máquina lanzando
agudos sonidos cuyos ecos repiten las rocas, hasta salir nuevamente a la luz,
donde parece que se respira con mayor libertad tan luego como las tinieblas
han dejado de acongojar al espíritu.
Deslizase pues el tren por entre risueñas campiñas, llegándose
a Gandul, desde cuya estación se van las casas del pueblo destruidas
por completo, semejando aquel montón de informes ruinas los desastres
del huracán avasallador de la ideas, que asola y arrastra todo cuanto
a su paso encuentra refractario al impulso del movimiento y vida que lo agita;
su histórico castillo, único edificio que se conserva bien en
medio de tanta destrucción; la torre calada, cárcel destinada
a una hija de los antiguos señores feudales, que por sus amoríos
llegó a perder la razón, y por último las lejanas sierras
de Morón, forman el precioso fondo de este interesante cuadro.
Desde Gandul a Mairena el terreno es más accidentado. Esta villa que
es muy bonita y notable por la limpieza de sus calles y la blancura de sus casas,
posee también su castillo feudal, porque en la Edad Media el feudalismo
había encontrado la fórmula de dividir en tantos Estados como
pueblos a la patria.
A poco más de tres kilómetros de la estación, en un paraje
que forma la vertiente de una cañada, encuéntrase situada la hacienda
y huerta de la Santísima Trinidad, magnífica posesión que
gracias a los sacrificios y a los constantes cuidados de su actual propietario
don Joaquín Rodríguez de Trujillo, ha llegado a alcanzar el renombre
que en la actualidad disfruta. Apenas llegaron al caserío los convidados,
fueron invitados galantemente por el señor Rodríguez a tomar el
desayuno, dedicando después algunas horas a pasear por aquellas extensas
alamedas, cubiertas completamente por bóvedas de verde ramaje, formando
tan tupido velo que el sol no puede penetrarlo con sus rayos.
Más de cinco mil naranjos hay plantados en la extensa huerta, todos robustos,
sanos y verdes, regados con el agua que facilitan ocho norias, algunas de ellas
movidas por camellos(1) , uno de los animales domésticos
más útiles para la industria, porque a su extraordinaria fuerza
reúne una gran sobriedad.

Naranjo de Mairena.
Foto años setenta.
Después de las dos
y media, se encaminaron los convidados al sitio donde se levanta el magnífico
naranjo llamado El Miguelete. Este es un árbol que mide 24 varas(2)
de alto por 60 de circunferencia; su tronco en la base tiene 3 varas y 2 3\4
en el arranque de las ramas, dividiéndose en tres grandes grupos: el
primero se subdivide en doce ramas, el segundo en diez y el tercero en tres.
Es tan prodigiosa la fertilidad de este árbol que se le han cogido algunos
años cantidad de naranjas bastante para vender 23 cargas al precio de
15 pesetas cada una, o sea 1.380 reales. En el año 1.875, se le cogieron
17.220 naranjas, según acta notarial que allí se leyó,
y este año es probable, a juzgar por su aspecto, que tenga muchas más.
El espectáculo que
presenta este magnífico árbol, no puede ser más encantador.
Sus ramas cayendo hasta el suelo, forman un cenador natural, a cuya sombra se
colocó una mesa capaz para contener hasta cuarenta convidados y además
los individuos de la servidumbre, estando todos cercados por una cortina de
espeso follaje, por entre el cual se descubrían apiñados racimos
del dorado fruto, siendo el efecto de la luz al descomponerse y refractarse
el más fantástico y poético.
En este delicioso paraje,
al abrigo del aire y resguardado de los rayos del sol, se sirvió un suculento
almuerzo con el que reinó la mayor cordialidad y franqueza. Ya en los
postres y cuando el espumoso champagne comenzaba a circular, se presentó
el eminente hombre de estado don Domingo Ferreira, que a pesar de sus constantes
y tenaces padecimientos disfrutó de la general alegría, oyéndole
asegurar todos los presentes que el recuerdo de tan arrebatador paisaje no llegaría
jamás a borrarse de su mente.
Con efecto, es imposible formar una idea de que es El Miguelete, si antes no
se ha visto, ni mucho menos de la huerta de la Santísima Trinidad. Por
todas partes que se dirige la vista en aquella vasta extensión de terreno,
solo se descubre verdes árboles, lozanos y erguidos, cargados de la dorada
fruta y descollando sobre todos el Miguelete, que cual altanero, levanta su
cabeza como desafiando el furor de los tiempos y demostrando su superioridad
a los demás individuos de su especie que le rodea.
El Miguelete con sus hojas y frutos es simulacro perfecto de un país
que crece y se desarrolla lozano y magnífico, cuando lo vivifica, prestándole
su calor, el sol de la libertad.
El día que pasaron los convidados en la huerta de la Trinidad fue magnífico, siendo seguro que no se olvidará fácilmente su recuerdo. Felicitamos sinceramente al señor Rodríguez Trujillo, por la posesión de tan excelente finca y por ser además una de las personas que en la provincia de Sevilla, se dedican con fe y entusiasmo al fomento de la agricultura.
1.
Por este detalle descriptivo se puede pensar que la Huerta de la Santísima
Trinidad corresponde con la actual urbanización "Cerro de los Camellos",
en la carretera Mairena-Brenes.
2. Vara: medida de longitud, equivalente a 836 mm.