¿Es posible, compadre, que se ha de pasar la fiesta de

                            los Remedios sin que holguemos con unos torillos?

 

Por Manuel Gavira Mateos

 

La pregunta anterior, recogida literalmente de un auto judicial del 1.682, dio lugar en la Mairena del siglo XVII a un apasionado y asombroso enfrentamiento entre las diferentes autoridades locales y a una de las querellas más curiosa y sonada seguida contra algunos vecinos de la Villa en toda su historia.

Todo empezó cuando dos jóvenes eclesiásticos, Juan Antonio Palacios y Francisco Salvador Díaz, trataron de “hacer unas fiestas de toros en compañía de otros amigos”. Para el festejo se habían traído cinco toros del pago del Salado que se encerraron en un corral del Concejo situado en el barrio del Señor San Sebastián. Y para mayor realce del evento  “las calles estaban atajadas, así con ruedas de carretas como con maderas y palos”.

 

La fiesta consistiría en dejar correr sueltos los toros por las calles del pueblo y en lidiarlos sin cuerda por la tarde. La fecha elegida, y origen del todo el pleito, fue el 21 de septiembre,  domingo y día de San Mateo.

Los cabecillas de la agitación social creada eran personas letradas, uno de ellos, Palacios, subdiácono e hijo de uno de los Alcaldes Mayores y el otro bachiller y clérigo de menores. Pues bien, ambos, conscientemente, pretendieron ignorar las ordenanzas y bulas pontificias que prohibían las corridas y lidias de toros en días festivos bajo pena de excomunión. Por lo que el Corregidor de la Villa, Don Antonio Vidal Espinosa, no dio la licencia necesaria para la fiesta pretendida y enmarcada dentro de las diversiones preparadas para celebrar el día de la Virgen de los Remedios de aquel año. El  Corregidor, que, como sabemos, en el antiguo régimen era el funcionario real nombrado por el Señor del lugar que supervisaba y controlaba a los dos Alcaldes y a los distintos regidores que componían un Cabildo local, se acogió para vetar la fiesta en la Villa, como podemos leer en el expediente que comentamos, a las exhortaciones apostólicas que impedían los toros en los días festivos y a otras consideraciones más personales, como el peligro que suponía toda aglomeración de gentes “por el mal de contagio”, y en uso de sus atribuciones esta autoridad gubernativa “mandó echar fuera los toros”.

La respuesta a lo ordenado por el Corregidor no se hizo esperar, y a primera hora de la tarde del día elegido se presenta en su casa Juan Antonio Palacios, acompañado de un regidor y del oficial de justicia de la Villa entre otros jóvenes, el cual, “faltando a las obligaciones de su estado y causando notable escándalo, le dijo, delante de muchas personas que estaban en dicha casa, que el ganado estaba encerrado y que se habían de correr los toros porque su padre había dado licencia y era tan juez como él”.
Don Antonio Vidal, herido en su orgullo, no cambia de criterio y alegando la prohibición de las corridas por las razones ya expuestas le notifica, además, que su padre no tenía jurisdicción para conceder la venia necesaria, “por ser regalía de su Excelencia y en su ausencia de su Corregidor, y que así no se habrían de lidiar los dichos toros”. Entonces, el licenciado Palacios se mostró “muy alborotado y con voces muy altas” siguió intentando hacer prevalecer la autoridad local de su padre, Alcalde Mayor del Concejo mairenero, frente al poder delegado por el Excmo. Señor Duque de Arcos en el Corregidor. Éste llegó, incluso, a dar su beneplácito cuando vio tan  “enfurecido e impaciente” al subdiácono, “aunque el intento no fue de que se corriesen por las razones referidas y sólo fue por aplacar al dicho Juan Antonio Palacios”, que rápidamente acude con sus compañeros al corral donde estaban encerrados los toros en el barrio de San Sebastián. Al llegar comprueban que el Alguacil Mayor había echado fuera los astados por orden del Corregidor. El citado Alguacil manifestó al licenciado y demás acompañantes que ya era imposible traer de nuevo a los toros y encerrarlos para que se corriesen y lidiasen.
El altercado popular fue considerable ante la situación creada, pues ya era mucha la gente que estaba en las ventanas y en las calles, que permanecían aún atajadas desde por la mañana para el evento pretendido. En este tumulto callejero destacaba la figura del clérigo de menores Francisco Salvador, el cual expresaba con “altas voces que todos habían quedado muy airados con lo que se había hecho”, y “que él tenía hacienda donde se lidiaren los toros sin licencia de nadie”.
 
Con la caída de la tarde y la retirada de los mozos implicados la Villa pareció recobrar la calma, pero no hay alboroto que se sosiegue sólo con la serenidad de la noche. Y así, a la mañana siguiente, el Corregidor al abrir una de las ventanas de su casa “halló untada las rejas y puerta de la calle con suciedad de persona”. Al momento llama al Vicario, al Alguacil, al Escribano,.. y a otros vecinos, “los cuales vieron como estaban las ventanas, rejas y puerta de su casa”, y ante el “desacato tan grave” el Vicario inicia las diligencias que cree oportunas y convenientes para castigar a los eclesiásticos locales presuntamente implicados en esta vil fechoría, que alcanzaba aún mayor dramatismo al estar situada la casa “en la calle más pública de esta Villa y enfrente de un mesón, en el cual de ordinario pasa mucha gente, así por ser paso para la ciudad de Sevilla como a la ciudad de Granada y demás partes de la Andalucía baja”.
El alboroto y la jarana popular sería de época, pues en esta inquietud y bullicio la autoridad y condición del Señor Corregidor quedaban en entredicho ante la provocativa actitud de los jóvenes eclesiásticos. Semanas después y en el trámite del expediente incoado se manifiesta por parte de un testigo que el cirujano de la Villa, Bartolomé Ballesteros, había dicho en público que “no quiso dar el cornudo licencia y echó los toros fuera, pues buena porquería le hemos pegado”. Para a continuación  confirmar, al menos en parte, los nombres de los autores de tal vileza y que no fueron otros que los licenciados Juan Antonio Palacios, Francisco Salvador, José de Vega, etc..  El Fiscal del Arzobispado, que siguió esta causa, llega a denunciar que los referidos “estando en el término de Pedro Domingo, jugando a los naipes, se jactaron de haber ensuciado las puertas y ventanas, haciendo escarnio y burla del Corregidor”.
A principios del mes de Octubre el Señor Juez Instructor manda  “se prendan a los dichos y pongan presos en la sacristía de la iglesia parroquial, se les notifiquen la pena de 200 ducados si quebrantasen la carcelería y asimismo se les embarguen los bienes que se hallasen de los susodichos”. Juan Antonio Palacios fue detenido en la misma iglesia, “en el coro”, después de la misa mayor, comprometiéndose en el acto a guardar la pena impuesta. Al día siguiente fue conducido a la cárcel del Palacio Arzobispal. El auto de prisión de Francisco Salvador Díaz fue suspendido por un tiempo, pues cuando fueron a prenderlo estaba postrado en la cama enfermo de gravedad con “unas calenturas maliciosas”, se le había aplicado “doce sangrías en los tobillos” y esto le impedía levantarse de la cama por “las pocas fuerzas con que se halla”. Como consecuencia, queda preso en su casa y para no parar el sumario se le tomaría, cuando fuese posible, su confesión sobre los hechos ocurridos.
 
Meses más tarde estos “impetuosos eclesiásticos” volvieron a Mairena y se perdieron en las sombras de la historia local. El expediente archivado entre los documentos del Arzobispado sevillano aún se conserva y, no cabe duda que, sus detalles nos sorprenden a todos, a la vez que enriquecen los valores antropológicos  y costumbristas de nuestro pueblo...   y entre ellos aparece una vez más los anhelos y deseos de realzar la festividad de Nuestra Señora de los Remedios, pues esta fue la intención primera de estos jóvenes maireneros de finales del siglo XVII.